Los que tienen la palabra

Los que tienen la palabra

Por Soli Arandaliniers texto newsletter

Hace muchos años atrás, la Konrad Lorenz, una escuelita alemana de Florida donde dictaba clases de danzas, me convocó como psicóloga para trabajar con un cuarto grado problemático. La directora, Magda, me contó el panorama del curso, los dilemas que lo venían atravesando desde hace un tiempo y con su carita juguetona me dijo: “Soli, fijate qué se te ocurre que podés hacer. Te damos una hora semanal los miércoles para trabajar con ellos”.  Adoro las propuestas abiertas, cuando me dan un despelote y yo tengo que ordenarlo. Me estimula, me divierte, es como un acertijo, un laberinto al que hay que encontrarle la salida. Un juego. 

Dije: “pan comido para Soli, la encantadora de niños”. Durante una semana planifiqué una mesa redonda de debate, con ciertas preguntas que estimularían para que cada alumno dijera su problema y charlaríamos sobre el tema. Hasta armé unas cartulinas nefastas con mi letra horrible que pretendían explicar, de manera graciosa, ciertos mecanismos grupales que pensé que podían interesarles.

Fui mi primer miércoles, feliz, con mi armadura puesta y espada en mano, lista para sacarlos de los problemas. 

Fue un fracaso. 

En la mesa redonda circulaban todo tipo de comentarios:

“Me compré un perro”
“Mamá va a tener un bebé”
“La comida del comedor es horrible”
“¿Puedo ir al baño?”
Menos, del que estaba buscando. Sobre los dilemas grupales, qué les molestaba, las cosas que Magda me había contado. De eso no me dijeron nada.  Las cartulinas solo fueron motivo de risas por su diseño :(
Volví ese día defraudada y desorientada. ¿Cómo hacerlos hablar? ¿Cómo trabajar con algo que no estaba en la superficie evidentemente? 
Estuve días absorta pensando en este acertijo que se me había presentado y que yo, canchera, recién recibida, lo había tomado con todo el entusiasmo del mundo y toda la ignorancia del que no sabe lo que no sabe. Hasta que se me ocurrió algo que tampoco sabía si iba a funcionar, pero sentí que valía la pena la apuesta.
Entendí que había que indirectamente poner en juego sus relaciones y qué mejor para hacer eso que ponerlos a trabajar en grupo.
Así les di una consigna que organizaría nuestra hora semanal: tendrían que armar un proyecto grupal (definirlo, diseñarlo, presentarlo) y lo que para ellos era un organizador estimulante, para mí era un artilugio que permitía poner en acto sus formas, sus vínculos, su manera de hablarse, su manera de relacionarse con la autoridad, etc.

Bauticé el espacio “Los chicos tienen la palabra”, me gustó el nombre y fui el siguiente miércoles con esta propuesta. Con miedo, inseguridad, llegué ese día preguntándome si iba a funcionar.

Funcionó.

Se entusiasmaron con armar un proyecto propio, donde serían creadores absolutos. Primero tuvieron que decidir qué hacer, luego cómo y finalmente ejecutarlo. Nos tomó un año y a fin de año presentaron “Noticiero a escondidas”. Un delirante espacio que inventaron y que me permitió entender quiénes eran, qué les pasaba y trabajar sobre sus dilemas grupales.

Fue tan enriquecedor que la Konrad volvió a pedirme hacerlo al año siguiente y al otro, hasta que me fui del cole, con determinación (el Don me necesitaba más) pero con pena también por dejar un lugar que quería tanto y de donde aprendí muchísimo.

El último año, en uno de esos miércoles mágicos, Gian (un alumnito peruano que tenía un tono que me desarmaba), pudo explicarme sin querer queriendo, por qué había funcionado tan bien ese espacio.

Trajo un helicóptero (tipo un dron) que se manejaba a control remoto. Vino muy entusiasmado y me preguntó si lo podía hacer volar. Yo lo miré (¡con unas ganas caprichosas de ver cómo andaba ese robot!) pero me contuve, puse cara de adulta y le dije que no podíamos hacer eso, que no era éste el lugar para ver cómo funcionaba un super helicóptero.
Me miró con ojos de perrito mojado y me dijo “Yo lo traje hoy, en esta clase, porque vos sos la única que puede entendernos”.

Como una novela mexicana en su punto máximo, esa escena de Gian diciéndome que yo era la única que podía entenderlo, me emocionó, me hizo reír (¡como las novelas mexicanas!) y me reveló el motor de ese espacio de una hora.

Entendí que bajo esa ficción ellos me hablaban, producían y trabajaban.Yo, para ellos, los entendía.

Y creo que el significado de entender acá no es que los descifraba, sino algo más elemental: les daba lugar, les hacía espacio. Les daba la palabra.

Para enseñar algo, para transmitir lo que queremos transmitir, para cumplir con un programita de estudio…Hay que hacer que el alumno forme parte. Y que forme parte no quiere decir que opine de todo o que haga lo que quiere, sino simplemente contar con  sus ganas, con toda su disposición. Es clave saber que es el docente el que mueve los hilos, pero de una manera estratégica: haciendo que la energía circule entre el alumno, el conocimiento al que se aspira y el docente. Hay que hechizar al aprendiz, y hechizarlo es sinónimo de entusiasmarlo. El entusiasmo no es algo menor en la vida, es lo que mueve el hacer…¡Si sabremos todos de esas Ladies Ganas que rulean el mundo! Para generar entusiasmo, el docente tiene que estar entusiasmado con lo que hace, sentir el conocimiento que desea transmitir como una novedad inagotable (repreguntarse mil veces ¿qué es esto que sé? ¿cómo usarlo?) y a quien tiene de alumno mirarlo y preguntarle siempre “¿Quién sos?” (no es causal que se despierten las ganas y el entusiasmo cuando se le da lugar al otro, espacio, palabra).

Hoy cuando unas alumnas adultas me preguntaban si podían venir a practicar antes (como muchas veces me preguntan), mientras recibía un videito por whatsapp de una peque en pijama repasando la coreo y, a la par, saludaba para su cumple a una alumna que adoro, en ese hacer tripartito que me define un poco, me vino este recuerdo a la cabeza.

El Don es un reservorio de entusiasmo.
 
Recordé mis años en la Konrad y una vez más, agradecí mis rodeos para llegar a donde quiero, porque esa experiencia en la Konrad delineó mucho mis clases de danzas y la forma en que me vinculo y entiendo la docencia :)

Dejo esta imagen que habla de lo fecundo del amor y creo que se adapta a todos los tipos de amores. Representa muy bien los lazos que se viven acá en el Don (el lazo conmigo, con la danza, entre las danzarinas, en cada grupo, con los otros profes y sus alumnas).  

Lazos llenos de entusiasmo que nos modifican y hacen que las cosas lindas florezcan. Lazos que huelen a coco, que están frescos, siempre preguntándose. 
Nada más exquisito que dar palabras y, así, descubrir las cosas, las personas, el saber…Una y otra vez :)

 

Los que tienen la palabra
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